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29 Dec
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El 28 de diciembre de 2018 escuché la noticia de que Monseñor Tomás Marín había fallecido por complicaciones médicas. Sentí un tristeza tan profunda que me fui a mi lugar sagrado, el Santísimo, para recomponer mis pensamientos y encontrar paz. Llevaba días tratando de encontrar información sobre su paradero para visitarlo, pero nunca recibí respuesta. Ajena a la severidad de su enfermedad, tampoco insistí lo suficiente. A pesar de que siempre le expresé mi agradecimiento y le dejé saber cuánto lo apreciaba, me dolió no haberlo acompañado en sus momentos difíciles.

El Padre Marín fue el sacerdote de mi parroquia—St. Timothy Catholic Church—cuando mi hija se fue con Papa Dios. Mi aprecio y agradecimiento emana del lugar que ocupó en mi vida durante esos tiempos de dolor. El fue la cara de Jesús para mí en muchos momentos, pero hay tres instancias en particular que guardo en mi corazón de manera especial.

El día que fui a consultar los detalles de la misa fúnebre de mi hija, Monseñor Marín me recibió y me escuchó con gran amor. En mi desespero, le comenté que había estado experimentando imágenes monstruosas en mi imaginación cada vez que intentaba entender cómo había sucedido tal desgracia. Aún me cuesta hablar del suceso, pero baste saber que mi Fofi falleció a raíz de un accidente en mi piscina—con nosotros (y muchos otros) a su lado. Le contaba al padre que me la imaginaba en el proceso de ahogo: sus pensamientos, su temor, su desamparo. Que habría pensado? “Dónde está mami?”

Esa imagen me torturaba… hasta que Monseñor me contó que él, además de cura, era cardiólogo. Me explicó que los niños no pasan la agonía de luchar por respiración como nosotros los adultos. Me dijo que con sólo un sorbo de agua, se van con Papa Dios en un instante; que no experimentan la tortura que me imaginaba… que no hay tiempo para pensar, “Dónde está Mami?” Algo tan simple me trajo una paz indescriptible. No había sufrido mi hija. Ese fue el comienzo de la sanación de la parte de mi duelo que llamo “Oscuridad”—el dolor sin esperanza que hace a uno sentir que no puede sobrevivirlo o que va a perder la razón.

El segundo incidente que recuerdo con amor de mi querido Tomás Marín, ocurrió un año después. Se acercaba el aniversario de la partida de mi hija y yo quería conmemorarla dedicándole una misa. Tardé mucho en llamar a la Iglesia para pedir que la ofrecieran, y ya habían comprometido la fecha. Opté por escribirle un mensajito al Padre Tomás para ver si había algo que pudiéramos hacer. Resulta que ya estaba comprometida la misa porque él la había reservado para Fofi sin yo pedírsela. Lo había anotado en su agenda el año anterior y no vaciló en transferir la fecha al nuevo calendario. Qué detalle tan grandioso! Como madre de un ángel, mi mayor temor es que olviden a mi hija. Monseñor tenía la capacidad de ver el corazón y la necesidad del otro, y no se hacía de la vista larga. A partir de ese momento, nunca más tuve que preocuparme por pedir una misa para mi hija. El nunca la olvidó y ahora no puedo evitar imaginarla recibiéndolo en el Cielo y dándole una vueltita para mostrarle su nueva casa.

El último de los recuerdos que quiero compartirles ocurrió en Julio del 2017. Fuimos a la misa de 5pm en la nueva parroquia de Monseñor y me conmovió algo que dijo en la homilía. Contaba de su carrera como médico, cuando aún no había procurado el sacerdocio. No recuerdo los detalles, pero nos compartió que le tocó ir a ayudar luego de una tragedia en Cuba. Había personas heridas y otras moribundas. Tomás contaba que había médicos por doquier asistiendo, pero no eran doctores lo que pedían las víctimas, sino sacerdotes. Les apuraba más estar en gracia que sin dolor físico.

“Había suficientes médicos, pero no sacerdotes,” reflexionó Monseñor. Ese fue uno de los momentos que lo inspiraron a su vocación. Esto me impactó porque un hombre tan brillante que estudió cardiología y luego derecho en este país, hubiera podido hacer una fortuna sirviendo dignamente a través de su carrera. Pero “hay suficientes médicos y abogados…” Tomás veía la necesidad del otro y no se hacía de la vista larga. El estaba al servicio de su prójimo, en la capacidad que ese prójimo precisara. Yo personalmente necesité un sacerdote que fuera cardiólogo para sanar mi corazón de una condición que trascendía lo cardiovascular. De él no haber obedecido a su llamado, quién sabe qué hubiera sido de mí!

Monseñor fue obediente a la voluntad de Dios para él y escogió usar sus talentos para el servicio de los demás. Alguna vez escuché a Jay Shetty decir que nuestra pasión es aquel interés o talento que nos hace feliz, pero propósito es cuando se pone esa pasión al servicio de otros. Tomás Marín era un hombre con propósito.

Al comenzar el Año Nuevo, no puedo evitar pensar en la vida de Monseñor Tomás, de su madre y de tantas otras personas que están experimentando algún tipo de muerte en este momento. El fin de año—así como el fin de la vida y el dolor que surge de una pérdida—marca la terminación de una temporada. Más importante aún, representa un nuevo principio.

Perder a mi hija marcó el final de mi felicidad, como la conocía en ese momento. Sin embargo, representó también el inicio de una alegría que trascendería toda experiencia humana. El gozo que siento hoy día (después de mucho dolor, por supuesto), supera la felicidad que sentía cuando tenía los bracitos de Fofi alrededor de mi cuello. Como Marín, mi hija dejó huellas que trascenderían la muerte de su cuerpo. El fin de su vida terrenal marcó el principio de sus recuerdos y el disfrute de su legado. Todo fin es un comienzo.

En momentos como este, me pregunto si estoy viviendo con propósito o si me he ocupado demás con el ajetreo del día a día y he perdido la habilidad de “ver la necesidad del otro.” No sabemos cuán lejos puede ir un gesto de amor como lo fue para mi que Marín compartiera un dato médico, anotara una fecha en su agenda y compartiera una historia personal en su homilía. No sabemos si vamos a inspirar a alguien con nuestro ejemplo, como el día que lo vi en el estacionamiento del cine, de donde venía con su madre, agarrándola del brazo con amor inmesurable. Qué tal si con un gesto de amor podemos traer la luz de un nuevo comienzo a la oscuridad de un final?

Un cliente me confesó recientemente que el escrito de mi colega, Caroline de Posada, lo salvó de sus pensamientos suicidas en un momento de desesperanza. Qué tal si yo no lo hubiera compartido o ella no lo hubiera redactado? Sólo tenemos este momento para ejercer la responsabilidad de usar los talentos que Dios nos dio; de ejercer nuestro propósito.

Si Dios te pone algo en tu corazón, no esperes al fin del próximo año o al lunes siguiente. Yo perdí la oportunidad de acompañar a Monseñor Marín en sus últimos días por dejarlo para después, y ya no puedo enmendar ese descuido. No sabemos cuándo llegará el fin de nuestras vidas, pero sí tenemos el poder de definir el principio. La vida comienza en el momento en que decides vivirla, y cuando se vive con propósito, se vive al servicio de los demás—como nuestro querido Monseñor Tomás Marín.

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Uno no muere cuando el cuerpo fallece, sino cuando el servicio a los demás desvanece.

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